jueves, 25 de marzo de 2010

El tío del Palo

Aquel día se levantó pensando que era el primero de su vida
o
El tío del palo.



Se había levantado tarde, no recordaba en qué momento había apagado el despertador. Cada vez le pasaba esto con más frecuencia y es que ya no le motivaba su trabajo. Así que desayunó, con la misma metódica rutina, café con tazón de cereales y naranja partida en cuatro, con el móvil sobre la mesa para controlar el menor tiempo disponible en sus divagaciones, siempre propicias a esta hora, por lo que le fastidiaba tener que cortarlas y pensar en qué ponerse junto a demás preparativos para arrancar el día. Así, bebía un sorbo, desprendía un gajo y se recreaba en una idea que le llevaba a otra y a una tercera en que miraría por el rabillo del ojo cómo la pantalla del móvil le mostraría los últimos minutos de placer restantes.

En ello estaba cuando de repente un sobre amarillo parpadeante le invitaba esta vez a abandonar su trance. ¿Un mensaje?, ¿¿¿de Juan???

Juan: “No puedo dormir. ¿Estás despierta?”

No puede ser… ¿No puedo dormir, estás despierta?. Se fue a detalles del mensaje. Recibido a las 02:13 h.

¿Un mensaje de Juan, “no puedo dormir, estás despierta” recibido a las 2:13 de la mañana? ¡Pero si no hablaba con él desde hacía años!

Se habían conocido en Edimburgo, Juan no hablaba inglés así que tenía los trabajos que nadie quería, al principio fue el tío del palo. Era fácil verle porque se pasaba el día plantado en mitad de la calle principal de Princes Street, agarrando un palo que portaba un letrero: Enjoy a golfing break at Princes Street Suites, con una flecha indicando la entrada a la bocacalle donde apuntarse a recibir unas clases de golf.

Ella pasaba a diario para coger el autobús que le llevaba a la universidad, donde había conseguido ingresar en unos módulos compartidos con los Erasmus. El primer día le sonrió, reconociéndole español y porque le hizo gracia su trabajo. Él ya nunca dejó de saludarle al paso, incluso cuando se hacía la tonta, que no estaba allí para perder el tiempo haciendo amigos españoles sino para perfeccionar el inglés. También a ella le costaba mucho encontrar un trabajo digno, de media jornada, con el que compaginar las clases y poder subsistir. Sólo al final consiguió ser procesadora de datos en un Call Center, al principio trabajaba de camarera en un Spanish Tapas, los fines de semana.

Por uniforme llevaban una camiseta roja con una banderita de España en el pecho que su compañera vasca tapaba constantemente, como un tic nervioso, con el tirante del delantal. El restaurante tenía dos plantas, siendo arriba la cara visible del mismo. Un sábado, al bajar a la cocina a pinchar una nota de pedido, se volvió a topar con él, esta vez lavando platos. Juan le saludó con la sorna de siempre, aún más enfatizada mostrándole su ascenso a “Dish-Washer”. Ella, chocada, tardó en asimilarlo todo ese día en que se compinchó con la vasca para quedarse en la recepción del restaurante, y no tener que volver a "descender a los infiernos", como solía decir el Chef. Pero el domingo ya se dio por vencida de su avergonzado orgullo y así comenzaron a conocerse. Su amistad duró dos fines de semana pues después consiguió aquel trabajo en el Call Center y ya no volvieron a coincidir.

¡Es verdad!... ¡Juan era de Madrid, donde ella vivía ahora!... ¿Lo sabría él?.

Con todo esto en la cabeza se empezó a arreglar con un entusiasmo inusual, consiguiendo, sin proponérselo, que el espejo le devolviese un veredicto de aprobada con nota al salir de casa. Con paso rápido hacia la oficina, sintió temblar el móvil en el bolsillo del abrigo. De nuevo un mensaje: “Necesito hablar contigo cuanto antes. ¿Podrás escaparte sobre las 12? Te espero en la cafetería junto a tu trabajo. Después te explico…”

Superada por la intriga, allí le esperaba cinco minutos antes hasta que le vio llegar, con el mismo aire divertido de siempre. “La vasca me dio tu paradero y también me ha contado que estás pensando en marcharte, cosa que si puedo evitaré. He montado un negocio de resorts para guiris, ya sabes, complejo de SPA y golf, ahí pasando el Manzanares, junto a la Casa de Campo, y necesitaría una mano con la gerencia pues estoy desbordado recibiendo grupos de alemanes e ingleses. ¿Qué me dices?”.

Ella llamó a la oficina para decir que se ausentaría todo el día, le acompañó a visitar las instalaciones, almorzaron juntos planificando estrategias y por la tarde se despidió con un “hasta mañana” de Juan y con un “hasta siempre” de su trabajo.

A la mañana siguiente sonó el despertador y aquel día se levantó pensando que era el primero de su vida.

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